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jueves, 15 de enero de 2009

el laberinto de la rosa


El Laberinto de la rosa

Titania Hardie, Editorial Suma, Madrid, abril, 2008


Antes de su muerte en 1609, el brillante espía, astrólogo y matemático isabelino John Dee esconde muchos de sus documentos pensando que el mundo no estaba aún preparado para las ideas que éstos contenían. En la primavera de 2003, la última heredera y guardiana del secreto debe pasar el enigmático legado a uno de sus dos hijos. Diana, que así se llama la última heredera, lega en su testamento los misteriosos escritos y una sencilla llave de plata al menor de los hermanos. La tradición familiar establece que dichos objetos pasen de madres a hijas, pero ella, al tener únicamente hijos varones, se devana los sesos durante las últimas semanas de su vida para decidir qué hacer con aquellas curiosas menudencias sin valor aparente que habían permanecido en el seno de la familia durante generaciones. Tal vez debería recibirlas Alex, pero siempre ha estado muy unida a Will, y aunque la verdad ama por igual a ambos, ella se aferra al presentimiento de que éste último es el destinatario más idóneo. El documento parece tener mucho que decir.
PrólogoAbril de 1600, día de San Jorge, en una posada en el camino a LondresUn anciano de barba blanca como la nieve se sienta a la cabecera de la mesa situada junto al fuego de un comedor. Mantiene la cabeza gacha y aferra un objeto oscuro y brillante con los finos dedos de su mano derecha. Ante él tiene una mesa cubierta de pimpollos de Rosa mundi, con sus pétalos blancos salpicados de rosa intenso, por lo cual quienes se acomodan en torno a ella saben que cuanto ocurra allí es secreto, la unión del espíritu y el alma de todos los presentes y el nacimiento de algo único, por el cual esperan: el Hijo del Filósofo. Ellos permanecen reunidos en silencio a la espera de sus palabras, a diferencia de los huéspedes de las habitaciones contiguas de la posada, que arman un gran bullicio detrás de las puertas cerradas a cal y canto. Una puerta se abre y se cierra con suavidad, y un arrastrar de pies rompe de pronto el silencio. Un sirviente pasa casi desapercibido al entrar y deposita una nota en las delicadas manos del anciano. Él la lee con lentitud, frunce el ceño y en su frente alta, sorprendentemente lisa para un hombre de su edad, se dibuja una arruga sombría. Después de un largo rato, observa una por una las caras de quienes se reúnen en torno a la larga mesa y habla al fin con una voz apenas más audible que cuando pronuncia la oración de vísperas.—Hace algún tiempo, en el mes de las luces, el Signor Bruno fue quemado en la hoguera en Campo dei Fiori. Le habían concedido cuarenta días para abjurar de sus herejías: afirmar que la Tierra no era el centro de este universo, que había muchos otros soles y planetas más allá del nuestro, y que la divinidad de nuestro Salvador no era tal, en sentido estricto.
Los monjes le ofrecieron besar un crucifijo en señal de arrepentimiento por los errores cometidos, pero él miró hacia otro lado. Como muestra de piedad, las autoridades eclesiásticas colocaron un collar de pólvora alrededor del cuello antes de encender el fuego para que explotase y de ese modo acelerar el fin. También le fijaron la lengua a la mandíbula para impedir que siguiera hablando. —El anciano dirige la vista a cada uno de los hombres con quienes comparte la cena y espera unos instantes antes de retomar la palabra—. En consecuencia, ahora la trama comienza a desvelarse para algunos de nosotros, y aquí comienza otro viaje. —Sus ojos se dirigen a un hombre encorvado sobre una jarra, situado al otro lado de la mesa, a la izquierda. Su vecino le propina un leve codazo y le susurra un aviso para alertarle acerca de la mirada del hombre que habla, puesta únicamente en él. Los dos hombres se miran, como petrificados, hasta que el más joven permite que una sonrisa a medias suavice sus rasgos, lo cual impulsa al anciano a seguir hablando con aplomo—. ¿Existe alguna manera de utilizar la fuerza implacable de nuestra inteligencia para mantener sus ideas de amor y armonía universal tan frescas como el rocío? —pregunta con un tono más enérgico—. ¿Será posible que triunfen Los trabajos de amor perdidos?