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miércoles, 21 de enero de 2009

LOS SOLDADOS VERDES


Con sus raíces en la tierra, sus troncos irguiéndose por encima de los otros seres vivos y sus ramas y hojas cubriendo nuestras cabezas, los árboles abarcan los tres niveles de la experiencia humana. Su importancia simbólica es un tema muy frecuentado en las culturas de todo el mundo, representando la regeneración y la propia vida.




Los Bosques fueron lugares sagrados para los pueblos Iberos. Sus Santuarios estaban en medio de arboledas, cerca de una cueva y bañados por un manantial. Ese culto a los árboles sigue perviviendo entre nosotros, como en Galicia donde se sigue plantando un roble en las Iglesias.




Un árbol centenario puede sobrevivir con el tronco hueco. ¿Cómo? Eso depende de la edad del ejemplar arbóreo. Así, uno joven necesita que su tronco esté en óptimas condiciones, pues la savia que le da la vida recorre todo su cuerpo. A medida que el tiempo avanza (cuando el ejemplar deja de crecer a lo alto y comienza a hacerlo a lo ancho), la vida del ejemplar se localiza en la albura del árbol, que es como se conoce a la parte más externa del tronco, la madera más clara y la más alejada del corazón o duramen. Y es por eso que los ejemplares maduros pueden sobrevivir a pesar de que su tronco se haya convertido en un tubo vacío y sin vida, mientras que uno joven, en cambio, moriría.
De modo que estos ejemplares centenarios sobreviven sólo por esa capa de madera que se sujeta fuerte al paso del tiempo con la tensión, eso sí, de perecer por un ataque de hongos, un viento o un rayo. Pues la edad, como a todo ser vivo, los ha debilitado.


El árbol Neem es conocido como la "farmacia o botica del pueblo", "margosa", "cinamomo", "árbol milagroso", llamado así por sus usos terapéuticos.




Bueno, pues al parecer es una especie de zumo que se obtiene de las ramas de un árbol que crece en las zonas inundadas del Amazonas, en Brasil.
Esta substancia, también es conocida como el 'elixir de la vida' y, obvia, al árbol de dónde la obtienen, 'el árbol de la vida' (o Acai, ah-sigh-ee , como se le conoce en su lugar natal)

las bayas purpúreas son útiles en la lucha contra una amplia variedad de dolencias como cáncer, afecciones cardiacas, colesterol, degeneración, enfermedad de Alzheimers, infecciones del riñón o en vías urinarias.
Estos componentes le dan a esta planta el nombre de 'ALIMENTO MILAGROSO'.


Un monje veía desde su ermita, en la cima de la colina más próxima, un árbol seco. Desde que llegó a ese lugar, lo primero que capturó su atención fue ese árbol como dejado de la mano de Dios, seco entre hermosos árboles encendidos en el otoño, cargados de hojas de la más variada gama de ocres, amarillos, rojos. Pero no eran esos árboles florecidos, sino el irrecuperable árbol seco lo que echaba raíces en el corazón del monje. Lo miró tantas veces con tristeza, después de cada oración, y lo que al comienzo sólo era una distracción de sus arduas tareas habituales se transformó en una obsesión. Soñó varias veces con él: en uno de los sueños, se veía a sí mismo cuando niño, corriendo alrededor del árbol. Una noche vio en sueños al niño -él mismo- abrazar al árbol, y al árbol florecer en pleno otoño. Al día siguiente, el monje pidió permiso a su superior para ir a regar el árbol seco. El superior era un hombre de edad, silencioso, taciturno; en su frente se notaban las marcas de tantos años de privación, oraciones y sequedad espiritual. Lo miró severamente y le dijo: "Ese árbol está definitivamente muerto, ya sería hora de que lo cortáramos para convertirlo en leña para el próximo invierno". El monje le rogó que no lo hiciera. Le dijo que él estaba seguro de que podría hacerlo florecer si era constante en el riego, si sostenía su fe en su resurrección. El superior sonrió irónicamente y le dijo que había dentro del monasterio otras tareas más urgentes que la de regar un árbol seco, sin esperanzas. El monje tuvo que aceptar con resignación las implacables y duras palabras de su superior. En el invierno, inesperadamente, el superior enfermó gravemente y falleció en medio de dolores y una honda crisis de fe. Fue un duro golpe para todos: el anciano se llevaba a la tumba los secretos del arte de sobrevivir en las duras inclemencias de la vida monacal. El nuevo superior tardó en llegar: era el tiempo de las iglesias vacías, de la crisis de vocaciones; la Iglesia, como un inmenso barco de quilla gastada por el mar, debía navegar en medio de implacables tempestades y muchas veces estaba a punto de zozobrar y hundirse, llevada al fondo de sí misma por su propio peso. Pero se sostenía como un barco ebrio, buscando un rumbo seguro en medio de la tormenta final. Entonces, el monje decidió una mañana subir su primer cubo de agua a la cima del monte, para regar el árbol seco. Cuando vertió el agua por primera vez, sintió una paz y alegría inesperadas -como nunca había sentido en esos años de retiro-. Esa noche, el niño de sus sueños vino a abrazarlo, inundándolo de un gozo inefable. Todos los días, todos los años, contra toda lógica, el monje fue subiendo los cubos de agua a la cima del monte, a pesar de las burlas de sus propios compañeros, que lo apodaban "el monje seco". Tal vez era el último en ese monasterio, en la Iglesia y en el mundo que todavía creía en que esos milagros eran posibles, contra toda evidencia. Por eso, una mañana, el esperado milagro se hizo realidad: el monje se dio cuenta de que por la noche las ramas secas habían florecido. Nadie se enteró de ese milagro, porque ya nadie miraba al árbol seco, ni él se lo contó a nadie. Afortunadamente, el hecho no apareció en los diarios, no se transformó la colina en lugar de peregrinación, nadie instaló una ermita ni cobró entrada para ir a ver al árbol milagroso. Era un buen secreto guardado entre el monje y Dios, tal vez el último milagro, que yo ahora cuento, porque el hombre de nuestros tiempos ya dejó de creer en la fuerza de la fe, que antes movió montañas. Andrei, el monje, ya no existe, y con él tal vez se fue el último hombre de Occidente que creyó de verdad. Sólo un inmenso milagro podría salvarnos de nuestra razón devastadora y autónoma, que ha terminado por convertir la tierra en un desierto que avanza a la velocidad de la luz.