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martes, 18 de noviembre de 2008

VENGO DEL SOL FLAVIO M.CABOBIANCO



Me doy vuelta y me encuentro con otra luz. Esta es blanca, más potente y no es interés o curiosidad lo que me lleva hacia ella, sino una fuerza irresistible de atracción, que supera las simples leyes de gravedad. Es como ir por un túnel a gran velocidad. Poco a poco se va agrandando. Corro hacia ella. Corrección. Ya no siento mi cuerpo, soy como una parte de esa luz que va a unírsele. Miro hacia atrás. Al ver la luz naranja me invade una oleada de energía. Mis dudas se aclaran. Ahora veo mi casa. Puedo ver a través de las paredes. Veo mi cuerpo tendido sobre la cama. Un médico se dirige a mi madre y le dice que ya no puede hacer nada, que morí mientras dormía a causa de un escape de gas. Mi madre llora, mi padre la consuela, pero él también llora. Yo quiero decirles que estoy bien. Nunca he estado mejor.
Miro al ascensor, es como un túnel que se dirige a mi cuerpo, pero el tercer tramo se halla bloqueado. El foso que separa mi casa es infranqueable. Además corro el riesgo de quedarme en esa franja.
Ahora recuerdo que un día antes de mi muerte hubo una explosión en mi estufa a gas. Vino un plomero gasista, pero no la arregló muy bien.
Recuerdo un rostro. Un rostro que en mi vida no hubiera significado nada.
Todo se junta como en un rompecabezas. Yo lo vi a ese hombre. El era un condenado a muerte. Condenado a morir en la cámara de gas. Cuando yo, que era juez, dicté sentencia, no estaba seguro de su culpabilidad. Pero la presión del jurado era más de la que un hombre podía resistir.
Yo lo vi respirar, aspirar la última bocanada de oxígeno, luego aguantar la respiración hasta no poder más y aspirar la mortal bocanada de gas.
Tengo muy claro en la mente cómo cayó la pastilla al recipiente con ácido que la disolvió, formando el gas letal.
Para eso vinimos a la vida. Para aprender, para salir de esa ley de causa y efecto. No sólo en la muerte, para al fin y al cabo, a romperla alguna vez.


Marcos, 13 años.